Aldeanos Digitales - Vivir y trabajar fuera de la ciudad

Historias: Pablo Arciniegas y el universo desde el campo

En: Inspiración

A manera de agradecimiento o como resultado de un profundo arranque de inspiración, varios amigos nos preguntan sobre cómo escribir en Aldeanos Digitales, y de ahí surgió la convocatoria para formar parte de nuestro equipo de redacción.

Sin embargo hay excepciones y una de ellas es Pablo Arciniegas, nuestro gran amigo y gestor de nuestro próximo proyecto del cual estaremos hablando más adelante. Pablo llegó a la finca un día entre aturdido y sorprendido por el contraste de vivir y trabajar fuera de la ciudad y con el tiempo, después de varios tragos, amanecidas e historias adioscity nos dijo un día: «Esto es lo que pienso de vivir y trabajar fuera de la ciudad».

Sin más preambulos y en sus propias palabras, una de tantas historias adioscity:


Muchos de los que visitan este blog coinciden en que el campo es un refugio al insoportable al estrés de la ciudad, a ese sonido bestial de los carros ‘a toda’ que se cuela en las madrugadas por su ventana, o el taladrar de cientos de máquinas, que enloquecen a cualquiera, y que no se callan jamás.

Pero, esta calma que se gana cuando se da un respiro, cuando se aparta de Bogotá un ratico, no es sinónimo ni de aburrimiento o pereza.

El campo, a su ritmo -el de la siembra, la cosecha, hasta el del traqueteo de la leña que se corta o quema una noche- se mueve. Y es un escenario tan convulso, que los fenómenos de la naturaleza, que el concreto y las autopistas muchas veces opacan, vuelven a ganar protagonismo.

En 27 años como citadino, son contadas las ocasiones que he visto una noche la Vía Láctea o que he contado más de tres satélites artificiales bailar en el cielo nocturno. Ni sé cuándo fue la última vez vi nacer un perro, ni una oveja, ni una vaca.

Es más, alguna vez conocí esa etapa intermedia entre renacuajo y rana, pero la vi morir pronto sofocada en un sucio charco que se secaba por el sopor que genera el smog. Ah, pero en el campo todo es distinto, es como si el universo que me rodea, que nos rodea, dejara de estar en pausa, y empezara a andar para que cada uno empiece a pensarlo, a explicarlo.

Esta sensación es muy distinta a lo que le venden los medios, sobre lo rural como algo relacionado al atraso. ¡Qué mentira!

Lejos de la ciudad es cuando más se pone en práctica las lecciones de ciencia del colegio, en las que, a propósito, jamás me enseñaron en vivo y en directo, la ninfa de una libélula, o las fases de la luna, o porque la gravedad actúa como una fuerza que todo lo jala hacia un centro.

Da pesar, porque toda esta información, que a la final es tecnología, se perdió en lo que la gente aplaude, repite como loros y llama cultura general.

Por otra parte, este saber entre más cerca esté de la naturaleza le explica por qué las cosas no le salen tan bien, ¿Me puedo comer ese hongo, esa baya? Me las comí, ¿Por qué
me cayeron mal? Ahora, me dio diarrea, ¿Por qué me duele la cabeza, por qué tiemblo? ¿Y hacía dónde está mi casa, hacia el norte, dónde está el norte?

Responder estás preguntas y aprender de ellas, de forma que jamás se le puedan olvidar, es el sentido de verdad de la tecnología. Es el instinto de curiosidad de la humanidad haciendo efecto.

– Pablo Arciniegas, Historias adioscity

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