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Manual Post-Apocalipsis parte 1

En: Kambu, La Guía

Íbamos a publicar este artículo hace rato, pero justo antes de sentarme a escribir me topé con uno de estos videos educativos de Youtube acerca del fin del mundo a finales de septiembre y pensé «obvio no se va a acabar el mundo pero le voy a hacer caso al video y asumir por un momento que sí sucedió».

«Si no se imagina el mundo sin Facebook y sin televisión menos sin agua potable y sin luz.»
Y comienza este ciclo de artículos acerca de la vida después de un evento el hijuemadre que no necesariamente obligará a la humanidad a pensar distinto, pero sí a sobrevivir con lo que quede. Porque funciona así: el que se anticipa a los cambios previene las consecuencias de los mismos, con lo cual ya existe un grupo de millonarios paranóicos que tendrá su refugio subterráneo cinco estrellas, todo bien por ahí. Están los que invierten en aprender a sobrevivir a toda costa, que son los que en caso de quedar a la deriva de los elementos arman una carpa con tres palos, una estufa con otros dos y sacan aceite para cocinar con la resina del palo que sobró; y está el resto de la humanidad, que frente a un evento global que obligue a cambiar la forma en que vivimos básicamente se los lleva el berraco.

No tengo encuestas ni resultados de investigación precisos para llegar a esta conclusión, pero es fácil deducir que pertenecemos en más de un 90% al tercer grupo. ¿Por qué? porque nuestra dependencia a los productos y servicios que usamos diariamente para vivir nos atrofiaron la capacidad de solucionar la mayoría de las necesidades y problemas cotidianos. Para darle un ejemplo, ¿usted recuerda cuántos números de teléfono y direcciones podía recitar de memoria antes de tener un celular? ¿cuándo fue la última vez que jugó parqués en la mesa del comedor a la luz de una vela?

Y a la final pa’qué Facebook y parqués después de una catástrofe si sabemos cómo prender una fogata, pescar o purificar el agua para no morir irónicamente «deshidratado» por tomar agua contaminada; espero estar equivocado pero me late que si no se imagina el mundo sin Facebook y sin televisión menos sin agua potable y sin luz. Y es aquí donde no suena tan descabellada la idea de una crisis global o al menos que comprometa una gran cantidad de personas, porque escribir este artículo desde mi computador con un tinto al lado y viendo caer la tarde es comodísimo, pero ver cómo hectáreas de comida son arrasadas por una sequía (y de ñapa un incendio) a pocos metros de mi casa es otro tema, que por cierto está sucediendo aquí nomás en varios municipios de Boyacá.

De pronto el concepto de «apocalipsis» o en términos coloquiales cuando uno dice «se acabó esta mierda» es más bien relativo, es decir, si en un pueblo por allá bien metido en el páramo se arma un incendio pues cagada porque ni bomberos llegarán por allá y sí, a ellos les llegó digamos su «apocalipsis personalizado». Pero es que el agua que no llega al páramo pues no baja a donde debería bajar para terminar en el grifo de nuestra casa, que a la final tampoco es de preocuparse porque las empresas de agua y luz tienen equipos de gente dedicados a prever y atender emergencias de ese tipo. Claro, para 20 o 30 mil personas todo bien, ¿pero para 5-10 millones?

Algunos quieren que el mundo se acabe con una horda infinita de zombies comiéndose la cabeza del vecino (porque uno va a sobrevivir, obvio) o con un asteroide que borre todo de un solo totazo (como el video este de finales de septiembre) pero no, en el caso hipotético que un evento de magnitud considerable sucediera -diga usted un apagón de 8 días en una ciudad importante del mundo- lo que va a haber es una horda de gente viva, consciente y desesperada por provisiones que llegarán de a poquitos en camiones y helicópteros. No sé con qué criterio deciden quién tiene prioridad para recibir estas provisiones pero no creo que se arme una fila ordenada de mujeres embarazadas, niños y ancianos; sería más bien como un embudo de gente histérica, algo así como un show de Jorge Barón pero a las malas. Ahora, independiente de si se va a acabar o no lo más probable es que suceda por pedazos -o mejor dicho por regiones- y de los tres grupos que mencioné arriba el más grande (el más dependiente) colapsa por su propio peso, los del medio imagino que la lograrán a su modo y los paranóicos pues durarán un poquito más pero lo importante en este punto, es entender que ni el mundo ni la humanidad se van a acabar pronto pero sí puede que la forma en que se comportan cambie drásticamente en poco tiempo, porque somos muchos y consumimos recursos de manera salvaje, eso TIENE que impactar inevitablemente en alguna parte y el resultado de ese impacto nos tiene que afectar.  Si le echamos lógica de la simple, la causa (un consumo desaforado de recursos) nos da un efecto igual de simple (escasez de recursos).

Yo no soy de moralejas ni de invitaciones a reflexionar de un carajo porque a la final es más lo que dice uno para redimirse que lo que hace para vivir feliz, pero de toda esta vuelta que le dí al tema del «final de los días» -sea por una catástrofe o porque se resbaló y se golpeó donde no debía- pues se me hace que vale la pena recordar un poco que la humanidad llegó hasta aquí a pié o a caballo, con estufa de leña y comunicándose con otras personas en vivo y en directo, hablando.  No es ahora para que se monte en la furgoneta Hipster y termine con un corral de gallinas en el balcón de la casa (como sucedió en San Francisco hace unos años) pero sí para que no olvide que esos pequeños oficios son esenciales, quizás no para vivir el día de hoy pero de pronto para sobrevivir en un -ojalá no- mañana.

 

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