Aldeanos Digitales - Vivir y trabajar fuera de la ciudad

Permacultura, lo que he podido medio entender.

En: Opinión

No se haga, usted también ha pensado que le gustaría vivir en una finquita por allá lejos y tener su huertica.  Lo que pasa es que no es fácil determinar si ese estilo de vida es realmente lo que quiere, o es un reflejo del subconsciente para sacarlo de la complejidad propia de la ciudad y un trabajo a veces desagradecido.  Lo cierto es que si lo pensó y no se lo ha contado a nadie, si lo contó y se la montaron por hippie o en efecto está en proceso de aventurarse en este estilo de vida, aguanta leer un poco sobre lo que conlleva vivir fuera de la dinámica urbano-corporativa, ya que la huertica viene a ser uno de los últimos proyectos en la lista y no porque no sepa o no le «pegue» lo que quiera sembrar, sino que el cambio le sacará una cantidad de nuevas ideas, de puntos de vista sobre la vida, pero ante todo le sacará la piedra.

«Se trata de entender antes por qué estoy parado hoy con respecto a cómo quiero estar mañana.»
Digo piedra pero más bien es un ladrillo; uno cuadrado, perfectamente refilado y pensado para resistir distintos tipos de presión así se esté desmoronando por dentro.  Aunque la analogía del ladrillo es más porque si usted coloca un ladrillo en medio de un potrero se dará cuenta de que por alguna razón, el ladrillo no encaja.  Sucede que la naturaleza promedio (con excepción de algunas rarezas naturales) es irregular, lo cual tiene sentido porque el universo mismo -según las teorías de Stephen Hawking- lo es.  Por alguna razón que no me interesa entender, esta irregularidad permite que en la naturaleza haya continuidad, será porque ese pedacito que le sobra o que no está perfectamente cuadrado o redondo en cualquier planta, animal o pedazo de tierra termina siendo el comienzo de algo más.  Ya me puse denso.

Y mejor dejar esos temas para una fogata con cerveza y masmelos.  Quise hablar un poco sobre esta irregularidad tan presente en la naturaleza porque a la par de las reflexiones románticas y mamertas que termina uno teniendo cuando vive por acá, hay una cantidad de oportunidades que se presentan para trascender un poco en esta versión moderna de un mundo donde, el que ha vivido de la tierra desde pequeño trabaja para comprarse un iPhone y el MiIlennial criollo quiere vivir de la tierra mientras trabaja.  En el mismo iPhone.

Este compendio de oportunidades es lo que entiendo por Permacultura, o lo que he podido medio entender.  Resulta que la Permacultura es una práctica milenaria que se ha ido opacando por aquello de la revolución industrial (por allá entre los siglos 16 y 19), ya que en ese entonces parece que había recursos para fabricar lo que fuera para el que fuera, y entre más antojados mejor.  Es en los últimos años que han comenzado a notar que esos materiales son cada vez más difíciles de obtener, o que se les está yendo la mano con el entorno por el afán de conseguirlos y surgen definiciones como la de Permacultura, que apuntan a una postura más consciente de la relación entre lo que usamos en el presente y su impacto en el futuro.   Vale la pena anotar que se percibe la Permacultura como un concepto «nuevo» para que se ponga de moda, y que vivimos en una especie de «Temporacultura» donde compramos, consumimos y con suerte botamos el empaque a la caneca (de ahí pa’rriba nos vale hongo el destino del papelito).

Ahora, lo interesante es cómo aplicar la Permacultura.  Existen cientos de blogs que hablan sobre el tema y le enseñan a uno construir soluciones «ecológicas y sostenibles» para problemas cotidianos como aprovechar el agua, calentarla, cocinar, etc. y sirven (yo ya hice una estufita con un par de latas y el tinto queda muy bueno), pero creo que va más allá de los usos inteligentes que le podemos dar a las cosas antes de considerarlas basura -de hecho eso es más un tema de reciclaje o reutilización; se trata de entender antes por qué estoy parado hoy con respecto a cómo quiero estar mañana.  La permacultura desde mi punto de vista plantea tres escenarios:

1. Soy parte del problema

Que no es lo mismo que ser culpable, valga la aclaración.  Lo que sí toca aceptar es que al vivir en una ciudad recibimos recursos que tuvieron que ser desviados, represados y contaminados para ser utilizados en la comodidad de nuestro hogar, y aportamos toneladas de residuos que en su mayoría tienen de sobra una segunda oportunidad para ser utilizados pero pues pagamos para que alguien más se encargue.  Y es inevitable, así funcionan las ciudades o los sistemas «no naturales» y el costo es inmenso porque los recursos son cada vez más difíciles de recuperar con tanta gente y tanta mugre.

2. Ya no soy parte del problema

Supongamos que este asunto ya lo llevaba masticando desde hace rato, y este artículo es la gota que regó la copa (o al menos ayuda a que se llene).  Entonces le da un arranque de esos bravos y se va a vivir al campo, monta su huerta orgánica, hace su casa en adobe, se compra sus gallinitas y con suerte o buen presupuesto para atender los imprevistos, le funciona.  Es claro e inevitable también que deja de ser parte del problema, porque por más que quiera los recursos que va a recibir no han hecho un recorrido tan largo e invasivo para llegar al grifo o al toma de la luz.  Por otro lado produce menos residuos, ya que por alguna razón cuando uno vive en el campo como que se «desantoja» de cosas.  Ahora, posiblemente de entrada no se da cuenta que los resíduos orgánicos sirven para abono, entonces los bota y luego va a un vivero a comprar Humus; pero eso sí es del Indio, no de la flecha.  Con el tiempo y un mínimo de sentido común va a descubrir que la mayoría de residuos sirven para muchas otras cosas, con lo cual vuelvo y repito, es inevitable dejar de ser parte del problema.

3. Quiero trabajar en la solución

Eso sí es un tema vocacional, porque si le gusta tanto «salvar el planeta» y «construir un mejor futuro para sus hijos», hágale.  La verdad sensata y a secas, es que se va a dedicar a tratar de arreglar las cagadas de otros (ya que usted ya no pertenece más a ese grupo, obvio) y hay mucho, demasiado trabajo por hacer.  Hay muchos casos donde la Permacultura trasciende a niveles más allá de la huerta y la poesía, donde personas con visión de negocio transforman insumos que no les cuestan nada (basuras, la luz solar, desechos orgánicos) y los convierten literalmente en dinero (plantas de reciclaje, energía solar fotovoltaica, abonos orgánicos), logrando una relación estrecha entre el problema y la solución; cosa que admiro en especial porque si a usted no le gusta la basura y le gusta la plata pues mata dos pájaros de un tiro.

Entonces vea que la Permacultura no es tan ajeno como puede sonar a veces, ni tan abstracto para que crea que tiene que pensar muy diferente para adoptarla.  La vaina es que en una ciudad son muy escasos los escenarios donde pueda poner la Permacultura en práctica, pero si el tema lo hace feliz es más probable que con el tiempo termine viviendo en el campo, a que monte una huerta orgánica en su apartamento.  Cuando conversamos con amigos acerca de todos estos temas siempre recurro a la misma frase: «Ojalá nuestros amigos más cercanos fueran nuestros vecinos para que cada quien produzca lo suyo, viva su vida a lo ancho y comparta lo que tiene para ofrecer a cambio lo que necesita».  Porque viene siendo una cultura en la que cada quien vive sin ser un problema para el lugar que lo sostiene, y comparte con otros (que piensan igual) las soluciones para que el ejercicio de vivir bien sea un efecto permanente.

 

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