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Un lugar donde la naturaleza es la que coloniza

En: Inspiración

Es como ‘una fabrica de agua’, pero también un lugar para entender la cosmogonía de los muiscas cuando decían que las vertientes, los nacimientos y las lagunas eran como el origen de la vida. Así es la quebrada El Uval que cruza por la Reserva Natural El Zoque, en la vereda Pastor Ospina de Guasca (Cundinamarca).

 

Foto: Tatiana Medina Botero

23 años después, donde nace este afluente solo quedan las ruinas de lo que fue una represa privada que causó una avalancha en 1994.

 

El muro de contención de 70 metros de largo y más de cinco de alto, ahora parece un puente, pues debajo de él el agua corre libre.

Desde esta estructura vieja que la naturaleza ha ido recuperando se ven las montañas que limitan tres reservas naturales, una de ellas El Zoque (páramo, viento con lluvia), un terreno conformado por bosque y subpáramo, donde la naturaleza, casi siempre, se observa desde las alturas o a la orilla de un pequeño caudal.

 

Foto: Angie Lorena Franco

Todo inicia en una finca, donde las cabras balan a los anfitriones para avisar que una de ellas está a dando a luz. A pocos metros de allí ese sonido se pierde entre el bosque y los innumerables arbustos de uva camarona, de la que solo una de sus cuatro variedades es comestible.

 

 

Sin ir tan lejos, al filo de un abismo, hay una plataforma donde las ideas, la inspiración y la conexión con el entorno llegan de inmediato. Para eso fue construida por los dueños de la reserva, pues en ella los visitantes podrían meditar, pintar, hacer fotografías nocturnas, picnic o hasta veladas románticas.

Sin embargo, ese es apenas el último punto al que se llega. Primero hay que dejarse llevar por un sonido mensurable que genera el movimiento del agua, y como una luz al final del túnel, luego de caminar 15 minutos bajo la sombra del bosque, se llega a la quebrada.

 

Foto: Angie Lorena Franco

Aquí las piedras son enormes, cada paso es una decisión para no mojarse o una oportunidad para detenerse y observar cómo los patos de torrente aterrizan y vuelven a alzar el vuelo.

Después de cruzarlo la vegetación va siendo más exuberante.  Y aunque hay algunos senderos marcados, lo mejor es caminar con cautela, porque así como los espectáculos se ven a nuestra altura o hacía arriba, en el suelo hay todo un universo entre los quiches de agua (paepalanthus columbiensis), una planta subcarnivora que atrapa y mata insectos u otros animales pero carece de la capacidad de digerirlos directamente.

También algunas bromeliáceas, musgos y frailejones plateados son el refugio de las ranas e insectos.

Luego de casi seis horas de camino, entre matorrales, brotes de  helechos, árboles nativos y orquídeas coloridas, la ruta (dependiendo el clima) puede ser por el cauce que deja la quebrada cuando está casi seca, apenas con pequeños descensos de agua.

 

Foto: Angie Lorena Franco

El camino va siendo más colorido cuando se llega a un valle húmedo, donde el suelo parece un extenso tapete de musgo y las rocas están cubiertas por los tonos vivos de los líquenes (una simbiosis entre un hongo, alga y levadura). Ambos son una señal de la altura a la que se va llegando.

Algunos monolitos que sobresalen entre el bosque también resultan ser un atractivo, y más cuando en sus cimas solo se ve el páramo de Guasca, algunas peñas y las montañas que le hacen guardia a las Lagunas de Siecha.

 

Foto: Angie Lorena Franco

Y en la cumbre, unos metros más allá de lo que fue el dique, se encuentra el origen de la quebrada, un humedal alrededor de un espejo de agua, una laguna que al igual que todas las que reposan en las montañas, guardan su misterio.

La presencia de ranas, colibríes, patos, pavas y hasta águilas demuestran que estos lugares están bien cuando el humano no llega hasta acá con sus miserias.

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